Los Grandes Premios de Fórmula 1 en México

TRES ÉPOCAS DISTINTAS Y UN SOLO DEPORTE VERDADERO

Está visto que en el mundo del entretenimiento, los primeros y los últimos que tienen la palabra son los aficionados. Ellos son quienes convierten en indispensable la repetición de las funciones. Dan vida y la quitan.

 

Quedó claro con providencial nitidez que esta competición de muy alta tecnología llegó a Turquía, a la India o a Corea del Sur y así, casi sin decir “agua va”: se marchó para no regresar. Un poco lo que ocurre por estas fechas en Malasia y en unos años más, lo hará en Singapur.

 

Hace muchos ayeres hubo carreras de las mayores en Marruecos y después en Sudáfrica ¿Por qué no han retornado? La respuesta es que no lo hacen, porque el gusto por ello no ha calado hondo entre la gente.

 

Al margen del espectáculo, la promoción turística y el negocio bien lleno de jugo: se puede constatar que los organizadores podrán cambiar, ahora serán otros y mañana vendrán los que hoy ni se asoman: pero el asunto sigue, porque hay un peso específico que está sustentado en el fervor de “el respetable”. A él, se deben las carreras de Grand Prix de los tres tiempos en los que las ha habido en México.

La conclusión no puede ser más concisa. De entre todas, la mejor etapa de Grandes Premios será la que sigue…

Responden por ello: el taxista que sabe al dedillo nombres y números de cada uno de los pilotos que disputaron la primera serie, que fue de 1963 a 1970; empezando por la idolatría rendida a Jim Clark. El ama de casa, que defiende hasta el delirio la santidad de Ayrton Senna, aquel racer místico, y uno de los grandes protagonistas del segundo hilado de pruebas que ocurrió entre 1986 y 1992. Pues lo mismo, vale hoy la vehemencia del hijo de papá, que en las recientes justas –si bien apenas empezaron en 2015– alega apasionado que a pesar de sus aretes y sus tatuajes: Lewis Hamilton es el mejor piloto de siempre.

 

MÉXICO SE TRANSFORMÓ. Y SIGUE SIENDO EL MISMO

Por los años de la década de los sesenta, la realidad era de 12.50 pesos, a cambio de cada dólar americano; con un presidente loco por los carros deportivos y porrista directo de Pedro y Ricardo Rodríguez. Se apellidó López Mateos. Era igual a todos, pero se lo veías como a un tipazo.

 

Para 1986, no hacía tanto que un terremoto demencial casi apachurraba al país completo. De Miguel de la Madrid, quien era un simpatizante de la velocidad: se llegó hasta la absurda necedad del señor Salinas de Gortari para quien sencillamente, nada más su chicharrón iba a tronar. Desde entonces, ser millonario implicaría reunir al menos, cien millones de pesos de los de hoy. Los tiempos eran otros.

En este nuevo encadenamiento de grandes carreras, otro terremoto feroz hace las veces de pisapapeles. Tiempos en los que, mil millones de pesos, no saben ni a melón. La posmodernidad. De los políticos de hoy, poco se puede y se debe decir. Son virtuales, y no entienden que no entienden que su tiempo está por terminar. Pero bien que imaginan que es el ciudadano quien toma la palabra. Y que la volverá a tomar.

 

He aquí el mensaje a quienes gestionan hoy la carrera. Será mejor menos ínfulas de parte de los dueños de La Carpa. Lo esencial, es este mismo ser anónimo tan importante, que quiere mucha velocidad, y de la buena. A ese, que se lo verá en el autódromo;  o que él, verá todo con su tele. Hasta las chabacanadas.

 

Pero lo que sí… …Será que el nuevo Grand Prix no pasará desapercibido.

 

Y el de las tribunas, no querrá que le den gato por liebre.

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MotorSports360

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